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🌱 Semana 8: Obediencia antes que claridad

Serie Primavera

🌱 Semana 8: Obediencia antes que claridad

“¿Qué le agrada más al Señor: que se le ofrezcan holocaustos y sacrificios, o que se obedezca lo que él dice? El obedecer vale más que el sacrificio, y el prestar atención, más que la grasa de carneros.”

–1 Samuel 15:22 

Queremos entender antes de obedecer. Como niños ante la instrucción de un padre, preguntamos: “¿Por qué?” Buscamos entender, ansiamos certezas. Pero en el Reino de Dios, muchas veces la claridad no precede la obediencia—la sigue. Es cuando caminamos por fe que el camino comienza a iluminarse.

La obediencia es una forma concreta de expresar nuestra fe. Le decimos a Dios: “Aunque no lo entiendo todo, confío en ti.” Ese pequeño paso, dado con temor o con convicción, abre puertas, revela verdades ocultas y moldea nuestro carácter. El crecimiento espiritual no suele llegar en la espera pasiva, sino en la marcha obediente.

Si estás esperando tenerlo todo claro antes de moverte, puede que estés posponiendo una bendición. Obedece en lo que ya sabes, y confía en que Dios te mostrará el siguiente paso en su tiempo.

“Obedecer a Dios es confiar que su voluntad es mejor que la nuestra, incluso cuando no la comprendemos.”

Sixto Porras

3 respuestas

  1. Es lógico: no tomamos en cuenta todo lo que sucede a nuestro alrededor. No podemos leer la mente de nadie, aunque a veces lo intentemos. Y, con mayor razón, no conocemos los factores desconocidos—porque si los conociéramos, dejarían de serlo. Sin embargo, muchas veces nos cuesta obedecer no por falta de información, sino porque obedecer implica sujetarnos a la voluntad de otro. Obedecer sin cuestionar hiere nuestro orgullo. Nos incomoda en el trabajo, en las relaciones y en cualquier contexto donde no controlamos la decisión. ¿Cómo no va a costarnos entonces cuando Dios nos señala el camino correcto, nos pide tomar una decisión incómoda o nos llama a reprimir impulsos dañinos, aunque parezcan legítimos? La lucha no es intelectual; es interior. Y precisamente ahí, donde el yo se rinde, comienza la verdadera obediencia.

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